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¿Qué significa ser mentalmente fuerte en el tenis? Desde Borg y McEnroe hasta Federer, Nadal, Djokovic y Alcaraz, pasando por Ríos, Nalbandian, González y Massú, esta columna explora distintas formas de afrontar la presión, el error, la motivación y la adversidad. Porque en el tenis, quizás la verdadera fortaleza consista en conservar la capacidad de jugar el punto siguiente.

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Psicología del deporte, Tenis Lectura aplicada

2026 · Reflexión aplicada sobre psicología del deporte, coaching y rendimiento.

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Sísifo había engañado a los dioses demasiadas veces.

Su castigo fue tan simple como cruel: empujar eternamente una enorme piedra montaña arriba. Cada vez que estaba a punto de alcanzar la cima, la piedra volvía a caer.

Y Sísifo debía comenzar nuevamente.

La escena pertenece a uno de los mitos más conocidos de la antigua Grecia. Homero ya lo describe intentando una y otra vez llevar la roca hasta lo alto, solo para verla regresar hacia el valle.

Hay algo profundamente tenístico en esa imagen.

Un punto puede durar treinta golpes.

Puedes salvar tres break points.

Puedes construir una jugada perfecta y terminarla con un golpe extraordinario.

Ganaste.

Pero se terminó.

En el punto siguiente, aquella derecha ya no vale.

También puedes cometer una doble falta.

Fallar una pelota sencilla.

Desperdiciar un punto de partido.

También se terminó.

El marcador conserva las consecuencias de lo sucedido, naturalmente. Pero la pelota que viene exige algo psicológicamente difícil: estar nuevamente disponible para competir.

Quizás por eso el tenis sea uno de los deportes donde la fortaleza mental resulta más visible.

No hay compañeros entre los que esconderse.

No existe un entrenador que pueda pedir tiempo muerto cuando estamos perdiendo el control.

No hay sustituciones.

Y, durante buena parte de la historia del deporte, el jugador tuvo que resolver prácticamente solo lo que ocurría dentro de su cabeza.

Por eso tal vez la pregunta no sea quién fue el tenista mentalmente más fuerte de la historia.

La pregunta más interesante es otra:

¿de cuántas maneras diferentes se puede ser mentalmente fuerte?

Ser fuerte no significa sentir menos

Podemos entender la fortaleza mental como un recurso psicológico orientado hacia objetivos que permite responder de manera funcional y flexible frente a las demandas y adversidades del deporte (Guzmán-Muzante et al., 2024).

En el tenis, esa última palabra —flexible— resulta especialmente importante.

A veces necesitamos tranquilizarnos.

Otras veces necesitamos activarnos.

Hay momentos para insistir y otros para cambiar.

Momentos para confiar en un golpe y otros para aceptar que ese golpe hoy simplemente no está funcionando.

Y hay algo todavía más complejo: después de cada punto debemos regular lo suficiente aquello que acaba de ocurrir para que no determine completamente lo que viene.

La investigación realizada con tenistas respalda la importancia de estos procesos. La fortaleza mental se ha asociado con diferentes indicadores de rendimiento competitivo, mientras que los estudios sobre autodiálogo muestran que aquello que el jugador se dice durante el partido está relacionado con sus experiencias emocionales y puede utilizarse deliberadamente para regularlas.

Pero probablemente ninguna estadística explique esto tan bien como algunos jugadores.

Borg y McEnroe: hielo y fuego

A fines de los años setenta y comienzos de los ochenta coincidieron dos de las personalidades más contrastantes que ha producido el tenis.

Björn Borg parecía no sentir nada.

Ganaba un punto: casi ninguna reacción.

Lo perdía: lo mismo.

El sueco construyó desde esa estabilidad una carrera extraordinaria, con seis Roland Garros, cinco Wimbledon consecutivos y 170 semanas como número uno.

Frente a él estaba John McEnroe.

Todo parecía salir hacia afuera.

La frustración.

La discusión.

La rabia.

La queja.

El talento era extraordinario. Tanto, que en 1984 terminó una temporada prácticamente irrepetible con 82 victorias y apenas tres derrotas. Pero su carrera también quedó marcada por enfrentamientos con jueces, sanciones y episodios de conducta antideportiva. En el Australian Open de 1990 fue incluso descalificado después de acumular infracciones durante un partido.

Es tentador sacar una conclusión sencilla:

Borg era mentalmente fuerte.

McEnroe no.

Pero sería demasiado fácil.

McEnroe necesitó enormes recursos psicológicos para competir al nivel al que compitió. Su intensidad podía incluso ayudarlo en algunos momentos. El problema aparece cuando una emoción deja de ser un recurso y comienza a controlar nuestra conducta.

Sentir rabia no es el problema.

La pregunta es qué hacemos con ella.

Y Borg también nos advierte contra la interpretación contraria. Su retirada extremadamente temprana del circuito recuerda que la apariencia imperturbable que un deportista muestra dentro de la cancha no significa necesariamente que todas las demás demandas asociadas al alto rendimiento estén igualmente resueltas.

Otra vez aparece una distinción importante:

regulación emocional no significa ausencia de emoción.

No necesitamos convertirnos en Borg.

Tampoco necesitamos ser McEnroe.

Necesitamos encontrar una manera funcional de convivir con lo que sentimos.

Marcelo Ríos: llegar no es lo mismo que permanecer

En Chile tenemos un caso especialmente interesante.

Marcelo Ríos fue probablemente el talento tenístico más extraordinario que ha producido nuestro país.

Quienes lo vimos jugar recordamos la sensación de facilidad que transmitía. La pelota parecía permanecer unas décimas de segundo más en su raqueta. Podía cambiar direcciones, encontrar ángulos y acelerar sin que la acción pareciera exigirle demasiado.

El 30 de marzo de 1998 derrotó a Andre Agassi en la final de Miami y se convirtió en el primer sudamericano en alcanzar el número uno del ranking ATP.

Tenía 22 años.

Había llegado a la cima.

Pero permaneció allí solamente seis semanas en total.

Ese dato siempre me ha parecido psicológicamente interesante.

Porque solemos pensar el deporte como una montaña:

llegar arriba.

Pero el verdadero problema comienza cuando llegamos.

¿Qué hacemos después de conseguir aquello que llevábamos toda la vida intentando conseguir?

Con Ríos, sin embargo, debemos ser cuidadosos.

Sería injusto explicar la brevedad de su número uno simplemente diciendo que “le faltó fortaleza mental”. Después de alcanzar la cima terminó 1998 como número dos del mundo y todavía acabó 1999 dentro del Top 10. Además, su carrera fue progresivamente afectada por lesiones que terminaron forzando su retiro relativamente joven.

Y llegar al número uno del mundo requiere, evidentemente, mucho más que talento.

Pero su historia permite plantear una pregunta diferente.

El talento puede llevarnos extraordinariamente lejos.

¿Qué otros recursos necesitamos para transformar ese talento en una trayectoria prolongada y en un legado?

Y esa pregunta nos lleva hacia otro extraordinario talento sudamericano.

Nalbandian: cuando el talento no necesariamente coincide con la pasión

David Nalbandian fue otro de esos jugadores que daban la sensación de poder hacer prácticamente cualquier cosa con una pelota.

Llegó al número tres del mundo.

Disputó la final de Wimbledon en 2002.

Y en 2005 ganó el Masters de fin de año después de derrotar a Roger Federer en una memorable final de cinco sets.

Durante cinco temporadas consecutivas terminó entre los diez mejores del mundo.

Su talento estaba fuera de discusión.

Pero su historia permite introducir otra pregunta:

¿qué ocurre cuando somos extraordinariamente buenos en algo que quizá no ocupa el mismo lugar emocional que otras pasiones de nuestra vida?

Nalbandian tuvo desde siempre una relación especial con los automóviles y el rally. Después de retirarse del tenis comenzó a competir en automovilismo y explicó en distintas ocasiones que era una afición que había tenido desde mucho antes, pero a la que recién entonces podía dedicarle verdaderamente tiempo.

La manera en que habló de ambos mundos resulta especialmente interesante: el tenis había sido su profesión; el rally era una actividad que podía disfrutar de una manera distinta, sin las mismas exigencias de su carrera deportiva.

Eso no significa que Nalbandian no estuviera comprometido con el tenis.

Llegar al número tres del mundo, ganar once títulos y derrotar repetidamente a algunos de los mejores jugadores de una generación extraordinaria exige años de entrenamiento, disciplina y capacidad competitiva.

Además, las lesiones tuvieron un peso importante en su trayectoria.

Pero su caso permite recordar una distinción psicológica fundamental:

ser extraordinariamente bueno en algo no implica necesariamente amarlo de la misma manera.

Talento, motivación y pasión no son sinónimos.

Podemos entrenar porque somos buenos.

Porque queremos ganar.

Porque existe una carrera.

Porque hemos construido una identidad alrededor de ese deporte.

Porque otras personas esperan algo de nosotros.

Porque llevamos veinte años haciéndolo.

Pero existe una pregunta diferente:

¿todavía queremos estar aquí?

Y eso conecta, aunque desde un lugar distinto, con la historia de Andre Agassi.

A veces la mayor dificultad del deportista no es soportar mejor el dolor o controlar los nervios.

Puede ser encontrar una razón suficientemente poderosa para seguir haciendo aquello en lo que se ha convertido en extraordinario.

El talento puede abrir posibilidades enormes.

Pero para convertirlas en una trayectoria prolongada también necesitamos motivación, sentido, autorregulación, salud y capacidad para sostener las demandas del camino.

González y Massú: cuando jugar por algo más cambia al jugador

Fernando González nunca fue número uno.

Llegó al número cinco.

Nicolás Massú alcanzó el número nueve.

Ninguno ganó un Grand Slam.

Pero resulta difícil contar la historia del deporte chileno sin ellos.

Y especialmente resulta difícil contarla sin hablar de lo que ocurría cuando jugaban por Chile.

En 2003 y 2004, Chile ganó consecutivamente la Copa Mundial por Equipos disputada en Düsseldorf, con González y Massú como protagonistas de aquella generación.

Después llegó Atenas 2004.

Massú ganó el oro individual.

González y Massú ganaron juntos el oro en dobles.

Y González agregó además el bronce individual.

Cuatro años después, en Beijing 2008, González volvió a subir al podio con una medalla de plata en singles.

Hay algo en aquellas actuaciones que excede el ranking.

Especialmente Massú parecía transformarse cuando llevaba escrito Chile en la camiseta.

Corría una pelota más.

Después otra.

Y otra.

Partidos que parecían perdidos seguían teniendo alguna posibilidad mientras él continuara dentro de la cancha.

González tenía una potencia extraordinaria, una de las derechas más reconocibles de su generación y una carrera individual de mayor jerarquía. Massú poseía otros recursos. Pero juntos desarrollaron una relación extraordinariamente fértil entre identidad, compromiso y esfuerzo.

Y eso abre otra dimensión de la fortaleza mental.

A veces encontramos recursos adicionales no solamente preguntándonos:

¿qué quiero conseguir?

Sino:

¿para quién estoy haciendo esto?

La identidad colectiva puede transformar el significado de la fatiga.

Una carrera más.

Un partido más.

Un punto más.

Quizás por eso el legado de González y Massú tiene para muchos chilenos una dimensión emocional y colectiva que ningún número del ranking puede representar completamente.

Ríos llegó más alto que ambos.

Pero ellos hicieron algo diferente:

nos llevaron con ellos.

Agassi: cuando hay que volver a encontrar una razón

Andre Agassi permite profundizar precisamente esa pregunta.

¿Qué ocurre cuando somos extraordinariamente buenos haciendo algo que ya no sabemos si queremos hacer?

Agassi fue número uno, campeón de Grand Slam y medallista olímpico.

Y después cayó.

En noviembre de 1997 apareció en el puesto 141 del ranking mundial, menos de dos años después de haber sido número uno. Fue un período marcado por dificultades personales y pérdida de motivación.

Entonces hizo algo que para un antiguo número uno debió ser psicológicamente difícil.

Volvió a jugar torneos Challenger.

Dejó de comportarse como alguien que debía estar en la cima y comenzó nuevamente a competir como alguien que necesitaba ganarse el derecho a regresar.

Dos años después volvió al número uno.

Y en 1999 ganó Roland Garros, completando los cuatro Grand Slam de su carrera.

Agassi muestra una forma de fortaleza que me parece especialmente valiosa porque tiene poco de heroica.

Reconstruirse.

Aceptar que ya no estamos donde estuvimos.

Comenzar otra vez.

Tal vez la pregunta más difícil no sea:

“¿Cómo sigo cuando estoy cansado?”

Puede ser:

“¿Cómo vuelvo a comprometerme con algo cuando he perdido el sentido que antes tenía para mí?”

Sísifo conocía bien la primera pregunta.

Agassi tuvo que responder la segunda.

Sampras: reducir el mundo al próximo punto

Pete Sampras parecía bastante diferente.

Menos expresivo.

Más estable.

Casi austero.

Uno de los episodios más recordados de su carrera ocurrió en los cuartos de final del US Open de 1996 frente a Àlex Corretja. Sampras terminó físicamente exhausto, sufrió vómitos durante el quinto set y llegó a salvar un punto de partido.

Aun así consiguió ganar en el tie-break y, días después, terminó conquistando el torneo.

No utilizaría aquella historia para promover la antigua idea de que un deportista debe seguir compitiendo sin importar lo que le ocurra físicamente.

Pero sí contiene algo psicológicamente interesante.

Cuando el cuerpo, el marcador y el cansancio comienzan a producir una enorme cantidad de información amenazante, una habilidad decisiva consiste en reducir la tarea.

No ganar el torneo.

No ganar el partido.

Quizás ni siquiera ganar el set.

Solo resolver la pelota que viene.

La fortaleza mental suele parecer monumental cuando la observamos desde afuera.

Desde dentro muchas veces puede consistir en algo mucho más pequeño:

hacer manejable el problema.

Serena Williams: volver cuando la identidad ya cambió

Serena Williams introduce otra dimensión.

Ganó 23 títulos individuales de Grand Slam durante la Era Abierta.

En 2017 ganó el Australian Open estando embarazada. Después de convertirse en madre regresó al circuito y alcanzó otras cuatro finales de Grand Slam.

La importancia psicológica de ese regreso no está solamente en recuperar condición física.

También existe una reconstrucción de identidad.

El deportista que vuelve después de un cambio vital importante no regresa exactamente al lugar que dejó.

Su cuerpo puede haber cambiado.

Sus prioridades pueden haber cambiado.

Su percepción del riesgo puede haber cambiado.

Su vida fuera de la cancha definitivamente cambió.

Serena tuvo que volver a competir siendo la misma persona y, simultáneamente, una persona diferente.

Y aquello permite ampliar otra vez nuestra comprensión de la fortaleza.

No siempre consiste en recuperar aquello que éramos.

A veces consiste en construir una nueva manera de ser competitivos después de que nuestra vida cambió.

Federer: la calma también se aprende

Cuando pensamos en Roger Federer solemos recordar una imagen.

Elegancia.

Fluidez.

Control.

Un jugador que parecía competir sin gastar energía innecesaria.

Pero Federer no siempre fue así.

En su juventud era mucho más temperamental. Lanzaba raquetas, comentaba sus errores y se frustraba abiertamente cuando las cosas no funcionaban.

Con el tiempo transformó aquella forma de competir hasta convertirse en uno de los jugadores asociados precisamente con la compostura.

Eso ya nos entrega una primera lección:

la regulación emocional se aprende.

Pero Federer aporta otra.

En la parte final de su carrera tuvo que modificar un juego que llevaba años funcionando extraordinariamente bien. Cambió de raqueta, buscó mayor agresividad, acortó puntos y desarrolló respuestas diferentes para rivales que habían aprendido a explotar sus patrones habituales.

Rafael Nadal, particularmente, lo obligó a revisar aspectos importantes de su juego.

Eso también es fortaleza mental.

Porque cambiar cuando estamos perdiendo es relativamente fácil.

Lo realmente difícil es cambiar cuando aquello que hacemos nos convirtió en quienes somos.

La experiencia puede darnos confianza.

Pero también puede volvernos rígidos.

Federer muestra que la excelencia sostenida necesita una paradoja:

tener suficiente confianza para creer en lo que hacemos y suficiente humildad para modificarlo.

Nadal: el ritual del presente

Rafael Nadal representa quizá la imagen más reconocible de fortaleza mental en el tenis contemporáneo.

Pero no me interesa tanto la idea de que “nunca se rendía”.

Me interesa algo más pequeño.

Lo que hacía entre un punto y otro.

Acomodar las botellas.

Secarse.

Ordenar el cabello.

Ajustarse la ropa.

Preparar el saque.

Podemos interpretar algunos de esos comportamientos como rituales o supersticiones.

Pero psicológicamente cumplían también una función muy interesante:

proporcionaban estructura.

Después de ganar un punto importante, había una secuencia.

Después de fallar una derecha sencilla, la misma secuencia.

Después de salvar un punto de partido, otra vez.

El ritual construía un puente entre lo que acababa de ocurrir y aquello que debía ocurrir después.

Eso es muy parecido a una de las competencias centrales de la autorregulación atencional:

volver.

Volver al cuerpo.

Volver a la tarea.

Volver al presente.

No porque el punto anterior no importe.

Importa en el marcador.

Pero ya no podemos intervenir sobre él.

Nadal parecía comprender algo esencial del tenis:

el único punto sobre el que todavía tenemos alguna influencia es el que estamos a punto de jugar.

Djokovic: creer cuando la evidencia invita a dudar

Novak Djokovic representa otra forma.

Autoconfianza.

No esa confianza superficial que consiste en decir:

“voy a ganar”.

Algo bastante más profundo:

la capacidad de seguir comportándose como alguien que todavía puede ganar cuando existen buenas razones para pensar lo contrario.

La final de Wimbledon de 2019 frente a Federer ofrece probablemente uno de los ejemplos más claros.

Federer dispuso de dos puntos de campeonato con su servicio en el quinto set.

Djokovic salvó ambos.

Y terminó ganando una de las finales más dramáticas de la historia del torneo.

La confianza no significa estar convencido de que todo saldrá bien.

Eso sería imposible.

Significa otra cosa:

seguir disponiéndonos a actuar eficazmente aunque no tengamos ninguna garantía.

Esa diferencia es enorme.

Porque en el deporte de élite la certeza prácticamente no existe.

Federer, Nadal y Djokovic: tres maneras de ser fuerte

Quizás por eso resulte tan interesante haber visto competir durante tantos años a Federer, Nadal y Djokovic.

Tres de los mejores tenistas de la historia.

Tres formas psicológicas muy diferentes.

Federer parecía hacer de la fortaleza una forma de economía, regulación y adaptación.

Nadal, una forma de presencia y persistencia.

Djokovic, una forma de convicción y capacidad para reconstruirse dentro del partido.

Ninguno necesitaba convertirse en los otros.

Y quizás esa sea una de las mejores respuestas posibles a nuestra pregunta inicial.

No existe una personalidad obligatoria para ser mentalmente fuerte.

No necesitamos ser fríos.

No necesitamos gritar.

No necesitamos parecer invulnerables.

Necesitamos desarrollar los recursos que nos permitan responder adecuadamente a la situación que tenemos delante.

Alcaraz: ¿se puede ser fuerte disfrutando?

Y entonces aparece Carlos Alcaraz.

Todavía es joven para saber cómo terminará su historia, pero ya ofrece una imagen interesante de la fortaleza mental contemporánea.

Hay algo en él que me interesa incluso más que sus títulos.

Sonríe.

Disfruta.

Habla de emociones.

Reconoce dudas.

Y al mismo tiempo compite con una intensidad extraordinaria.

Durante mucho tiempo construimos una imagen muy particular del deportista mentalmente fuerte:

serio.

sacrificado.

imperturbable.

dispuesto a sufrir.

Alcaraz permite formular una pregunta distinta:

¿por qué la fortaleza tendría que parecer sufrimiento?

Disfrutar no significa carecer de disciplina.

Sonreír no significa no sentir presión.

Reconocer una emoción no significa ser controlado por ella.

Quizás una concepción más madura de fortaleza mental permita justamente eso:

competir con enorme intensidad sin convertir cada partido en una batalla contra uno mismo.

No todos los campeones son modelos de todo

Y aquí hay algo que conviene decir explícitamente.

Ser extraordinario en un deporte no transforma automáticamente a alguien en un modelo psicológico.

McEnroe podía ser un competidor formidable y, al mismo tiempo, comportarse de maneras antideportivas.

Ríos podía poseer un talento extraordinario y alcanzar el número uno sin convertir esa cima en un dominio prolongado.

Nalbandian podía estar entre los mejores del mundo y, al mismo tiempo, encontrar fuera del tenis una forma de pasión y disfrute diferente.

Borg podía mostrar una regulación aparentemente perfecta dentro de la cancha mientras existían otras dificultades que el público no veía.

Agassi podía ganar torneos enormes y perder temporalmente el sentido de aquello que estaba haciendo.

Serena podía ser extraordinariamente fuerte y seguir necesitando reconstruirse.

Federer necesitó aprender a regular aquello que alguna vez se le escapaba.

Eso no disminuye a ninguno.

Los vuelve humanos.

Y, sobre todo, evita cometer el error de convertir la fortaleza mental en una etiqueta:

“este jugador es fuerte”.

Quizás resulte más útil preguntar:

¿frente a qué demanda?

¿Para regular una emoción?

¿Para volver después del fracaso?

¿Para tolerar incertidumbre?

¿Para sostener una carrera?

¿Para cambiar?

¿Para representar a un país?

¿Para recuperar el sentido?

¿Para jugar el punto siguiente?

Sísifo vuelve a empujar

Y entonces regresamos a nuestra montaña.

Sísifo empuja la piedra.

Sube.

La piedra cae.

Y comienza nuevamente.

Pero existe una diferencia fundamental entre su condena y un partido de tenis.

Sísifo estaba condenado a repetir eternamente una tarea que nunca podía completar.

El tenista, en cambio, puede aprender algo cada vez que la piedra cae.

Borg intentaba volver desde la calma.

McEnroe muchas veces discutía con la caída.

Ríos mostró hasta dónde puede llevarnos un talento extraordinario.

Nalbandian nos recuerda que ser excepcionalmente bueno en algo y sentir pasión por ello no son necesariamente la misma cosa.

González y Massú parecían empujar con una fuerza diferente cuando detrás de ellos había un país.

Agassi tuvo que preguntarse por qué quería seguir empujando.

Sampras aprendió a reducir la montaña al próximo paso.

Serena tuvo que volver a empujar siendo una persona distinta.

Federer aprendió que incluso una fórmula extraordinaria necesita transformarse.

Nadal convirtió cada regreso a la piedra en un ritual.

Djokovic siguió empujando cuando parecía que otro ya había llegado a la cima.

Y Alcaraz está mostrando que quizá sea posible hacerlo sin dejar de disfrutar el camino.

Por eso la fortaleza mental en el tenis no consiste en no perder puntos.

Ni en no frustrarse.

Ni en no sentir miedo.

Ni siquiera en no caer.

La piedra siempre volverá a caer alguna vez.

La diferencia está en lo que hacemos entonces.

Porque quizás la verdadera fortaleza no consista en ganar siempre.

Consista en conservar, después de todo lo ocurrido,

la capacidad de jugar el punto siguiente.

Referencias

Cowden, R. G. (2016). Competitive performance correlates of mental toughness in tennis: A preliminary analysis. Perceptual and Motor Skills, 123(1), 341–360.

Guzmán-Muzante, J. P., Riquelme-Ortíz, G., Urrea-Cuéllar, Á., Romero-Carrasco, A. E., & Fonseca, A. M. (2024). Mental toughness: State or trait? Context and sporting performance in rugby union, a longitudinal study. Retos, 61, 988–995. https://doi.org/10.47197/retos.v61.108958