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La fortaleza no siempre hace ruido

¿Qué significa realmente ser mentalmente fuerte? A través de las historias de Obdulio Varela, Pelé, Beckenbauer, Maradona, Baggio, Arturo Vidal, Cristiano Ronaldo, Lionel Messi y Luka Modrić, esta columna explora distintas formas de fortaleza mental y cuestiona una idea todavía frecuente en el deporte: que ser fuerte significa simplemente resistir.

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La fortaleza no siempre hace ruido
Psicología del deporte, Fútbol, Mundial 2026 Lectura aplicada

2026 · Reflexión aplicada sobre psicología del deporte, coaching y rendimiento.

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La fortaleza no siempre hace ruido

Heracles —Hércules para los romanos— estaba acostumbrado a resolver los problemas utilizando su fuerza.

Pero cuando llegó a Lerna encontró un enemigo diferente.

La Hidra era una criatura monstruosa de múltiples cabezas. Cada vez que Heracles cortaba una, otras volvían a aparecer. Golpear más fuerte no solucionaba el problema. De hecho, lo empeoraba.

Entonces tuvo que cambiar.

Con la ayuda de Yolao, comenzó a cauterizar cada cuello después de cortar una cabeza, impidiendo que volviera a crecer. Uno utilizaba la fuerza; el otro completaba la tarea con fuego.

Heracles derrotó a la Hidra cuando dejó de insistir únicamente en aquello que mejor sabía hacer y encontró una respuesta diferente para un problema diferente.

La historia resulta especialmente útil para pensar en algo que en el deporte solemos simplificar demasiado:

¿qué significa realmente ser mentalmente fuerte?

Ser fuerte no es solamente resistir

Durante mucho tiempo hemos asociado la fortaleza mental con soportar.

Jugar lesionado.
No quejarse.
No mostrar miedo.
Seguir adelante.
Competir siempre al máximo.
No dejar que nada nos afecte.

La imagen se parece bastante al Heracles que golpea una y otra vez.

Pero la fortaleza mental es algo bastante más complejo. Podemos entenderla como un recurso psicológico orientado al logro de objetivos, que permite responder de manera funcional y flexible frente a las distintas demandas, presiones y adversidades que aparecen en el deporte (Guzmán-Muzante et al., 2024).

Hay una palabra de esa definición que me parece especialmente importante:

flexible.

Porque ser mentalmente fuerte no puede significar responder siempre de la misma manera.

A veces habrá que persistir.
Otras veces habrá que esperar.

A veces tendremos que controlar una emoción.
Otras, utilizarla.

Habrá momentos para asumir la responsabilidad y otros para confiar en un compañero.

Habrá ocasiones en las que seguir adelante sea una demostración de fortaleza y otras en las que detenerse, cambiar de estrategia o pedir ayuda sea una respuesta mucho más inteligente.

Por eso resulta interesante recorrer algunos episodios de la historia del fútbol. No para decidir retrospectivamente quién “tenía” o “no tenía” fortaleza mental —algo que, además, no podríamos establecer sin evaluar directamente a esas personas—, sino para observar distintas maneras de responder psicológicamente ante situaciones extraordinariamente exigentes.

Y quizás ahí aparezca una primera conclusión:

no existe una única forma de ser mentalmente fuerte.

Obdulio Varela: no permitir que el entorno decida por ti

Probablemente uno de los ejemplos más extraordinarios ocurrió en el Maracaná, en 1950.

Brasil jugaba en casa. Necesitaba apenas un empate ante Uruguay para ser campeón del mundo. Había goleado a Suecia y España en sus dos encuentros anteriores de la ronda final y 173.850 espectadores llenaban oficialmente el estadio. Todo parecía preparado para una celebración brasileña.

A los dos minutos del segundo tiempo, Friaça marcó el 1-0.

El Maracaná explotó.

Y ahí apareció Obdulio Varela.

El capitán uruguayo recogió la pelota y demoró la reanudación. Aquella escena ha quedado para siempre asociada a su liderazgo: cuando prácticamente todo el estadio parecía interpretar el gol como el principio del final, Varela necesitaba que sus compañeros interpretaran otra cosa.

Uruguay terminó ganando 2-1, con goles de Schiaffino y Ghiggia.

Naturalmente, Uruguay no ganó porque Varela demorara unos minutos la reanudación. Ganó porque fue capaz de jugar mejor determinados momentos de aquel partido.

Pero la escena contiene una lección psicológica extraordinaria.

El marcador decía una cosa.

El estadio decía otra.

Todo alrededor parecía gritar:

“Esto terminó”.

El capitán necesitaba conseguir que su equipo escuchara algo diferente.

En ocasiones la fortaleza mental consiste precisamente en eso: no permitir que el contexto determine automáticamente el significado que damos a lo que está ocurriendo.

Brasil había marcado.

Eso era un hecho.

Que Uruguay estuviera derrotado psicológicamente era una interpretación.

Hay jugadores capaces de cambiar un partido con la pelota.

Y hay otros capaces de cambiar primero el estado psicológico de quienes tienen que jugarlo.

Pelé: cuando otros todavía no creen que estás preparado

Ocho años después apareció un caso completamente diferente.

Pelé llegó al Mundial de Suecia de 1958 con apenas 17 años.

Y hay un detalle de aquella historia especialmente interesante para quienes trabajamos en psicología. João Carvalhaes, psicólogo de la selección brasileña, evaluó al joven Pelé antes del torneo y consideró que todavía no estaba preparado para responder a las exigencias de un Mundial.

El entrenador Vicente Feola decidió llevarlo igualmente.

Pelé terminó convirtiéndose en el futbolista más joven en marcar en una Copa del Mundo, el más joven en conseguir un hat-trick y el más joven en anotar en una final. Brasil fue campeón y él tenía 17 años.

Su caso muestra otra dimensión de la fortaleza:

rendir cuando otros todavía no están convencidos de que estamos preparados para hacerlo.

Y también deja una advertencia importante para quienes evaluamos personas.

Una medición psicológica puede entregarnos información valiosa.

Pero nunca debería transformarse en una sentencia sobre aquello que alguien llegará a ser capaz de hacer.

Pelé todavía no era el Pelé que hoy conocemos.

Quizás precisamente por eso era tan difícil medirlo.

Beckenbauer: ¿aguantar siempre es ser fuerte?

En México 1970 encontramos una imagen que durante décadas pareció representar por sí sola la fortaleza deportiva.

Semifinal entre Alemania Occidental e Italia.

Franz Beckenbauer se dislocó un hombro durante el partido. Alemania ya había utilizado los cambios disponibles.

Le inmovilizaron el brazo.

Y siguió jugando.

Disputó el tramo final de aquel extraordinario encuentro —el posteriormente denominado “Partido del Siglo”— con el brazo sujeto al cuerpo. Italia terminó ganando 4-3 después del tiempo suplementario.

Es difícil mirar aquella imagen sin admirar su compromiso.

Pero también vale la pena preguntarnos:

¿aguantar siempre es ser mentalmente fuerte?

No necesariamente.

En aquel contexto había una razón competitiva concreta para continuar. Pero durante décadas el deporte convirtió historias como esta en una especie de mandato moral:

el fuerte juega aunque le duela.

El fuerte aguanta.

El fuerte nunca sale.

Hoy esa idea necesita muchos más matices.

La fortaleza mental no debería convertirse en una excusa para esconder una conmoción cerebral, ignorar una lesión grave, normalizar el sufrimiento o considerar débil a quien pide ayuda.

Beckenbauer demostró una extraordinaria capacidad para tolerar dolor y mantenerse comprometido con su equipo.

Pero tolerar más no siempre significa decidir mejor.

Aquí vuelve la Hidra.

A veces persistir es exactamente lo que necesitamos.

Otras veces seguir golpeando hace crecer dos cabezas nuevas.

Maradona: fortaleza y vulnerabilidad pueden convivir

Diego Maradona nos obliga a introducir otra distinción todavía más importante.

México 1986 fue una de las mayores expresiones individuales de rendimiento competitivo que ha mostrado un futbolista en una Copa del Mundo.

Era el capitán de Argentina.

Pedía la pelota.

Asumía riesgos.

Recibía golpes.

Y volvía a pedirla.

Hay una cifra que ayuda a dimensionarlo: Maradona recibió 53 faltas durante aquel Mundial, todavía el récord para un jugador en una sola edición del torneo.

Pero la historia completa de Maradona también debería impedirnos cometer un error.

La enorme fortaleza competitiva que una persona demuestra dentro de una cancha no la inmuniza frente a la vulnerabilidad fuera de ella.

Podemos ser extraordinariamente eficaces para responder a determinadas formas de presión y tener grandes dificultades frente a otras.

Eso rompe una caricatura frecuente de la fortaleza mental.

No es una armadura psicológica.

No convierte a alguien en invulnerable.

No significa que una persona manejará bien cualquier dificultad simplemente porque pueda rendir extraordinariamente bajo presión deportiva.

Maradona podía soportar una marcación feroz, asumir una responsabilidad enorme y seguir buscando la pelota.

Eso no significa que pudiera cargar con todo lo demás.

Fortaleza y vulnerabilidad pueden existir en la misma persona.

Roberto Baggio: volver al lugar donde fallaste

El 17 de julio de 1994, Roberto Baggio caminó hacia el punto penal en el Rose Bowl.

Italia necesitaba convertir para mantener viva la definición de la final del Mundial frente a Brasil.

Baggio remató.

La pelota se fue por encima del travesaño.

Brasil fue campeón.

La imagen quedó congelada para siempre: Taffarel celebrando y Baggio, con la cabeza baja, caminando en dirección contraria.

Fue especialmente cruel porque Italia difícilmente habría llegado hasta aquella final sin él.

Pero quizás la parte más interesante de la historia ocurrió después.

Baggio siguió jugando.

Siguió compitiendo.

Y siguió lanzando penales.

Cuatro años más tarde volvió a un Mundial.

Esta dimensión de la fortaleza mental suele recibir menos atención que el heroísmo.

Volver voluntariamente al lugar donde alguna vez fracasamos.

No podemos borrar el error.

Tampoco necesitamos hacerlo.

Recuperarse psicológicamente no significa necesariamente olvidar.

Significa conseguir que ese recuerdo deje de decidir nuestra próxima conducta.

Baggio seguía siendo el jugador que había fallado aquel penal.

Pero seguía siendo también un futbolista dispuesto a lanzar el siguiente.

Arturo Vidal: la fuerza también necesita regulación

Con Arturo Vidal aparece una expresión bastante diferente.

Si hubiera que elegir una característica visible de buena parte de su carrera, sería difícil no pensar en su intensidad competitiva.

Presionar.

Disputar.

Correr.

Volver.

Exigirse.

Involucrarse.

La generación chilena que ganó la Copa América de 2015 y la Copa América Centenario de 2016 construyó buena parte de su identidad alrededor de esa disposición colectiva.

Pero su ejemplo también permite distinguir dos conceptos que a veces confundimos:

intensidad y fortaleza mental no son necesariamente lo mismo.

La intensidad es un recurso extraordinario.

Puede permitir presionar durante 90 minutos, ir a buscar una pelota que parece perdida, no abandonar emocionalmente un partido y contagiar energía a los compañeros.

Pero necesita regulación.

Porque competir bien no consiste en estar siempre en diez sobre diez.

Hay partidos que requieren agresividad.

Otros necesitan pausa.

Hay momentos para acelerar.

Y otros para contenerse.

La fortaleza aparece cuando somos capaces de poner nuestra energía al servicio de la tarea, no simplemente cuando poseemos más energía que los demás.

La gasolina importa.

También importa saber cuándo pisar el acelerador.

Cristiano Ronaldo: persistir también significa cambiar

Con Cristiano Ronaldo aparece otra cara de la fortaleza mental:

sostener la exigencia durante décadas.

Su trayectoria no puede comprenderse solamente a partir de los grandes partidos. Hay algo igualmente extraordinario en mantener durante más de veinte años estándares de entrenamiento, preparación, recuperación y competencia orientados hacia el alto rendimiento.

Pero quizá lo más interesante sea que esa persistencia no significó permanecer igual.

El extremo explosivo y desequilibrante de sus primeros años fue transformándose progresivamente en un atacante mucho más especializado.

Cambió el cuerpo.

Cambió la edad.

Cambió el juego.

Y él también cambió.

Y nuevamente aparece aquella palabra:

flexibilidad.

Persistir no significa hacer durante veinte años exactamente lo mismo.

A veces significa aceptar que para continuar necesitamos convertirnos en una versión diferente de nosotros mismos.

Messi: volver después de haber dicho “hasta aquí”

Lionel Messi ofrece quizá uno de los ejemplos más interesantes porque permite observar la fortaleza como reconstrucción.

Perdió la final del Mundial de 2014.

Después perdió las finales de Copa América de 2015 y 2016 frente a Chile.

En esta última falló además su lanzamiento en la definición por penales.

Y anunció su retiro de la selección argentina.

Tenía 29 años.

Podríamos tomar solo aquella decisión y concluir que se quebró.

Pero las historias humanas rara vez deberían juzgarse únicamente por el momento en que alguien cae.

Messi volvió.

Ganó la Copa América de 2021.

Y en Catar 2022, ocho años después de haber perdido aquella final frente a Alemania, levantó finalmente la Copa del Mundo.

Su historia cuestiona una de las ideas más dañinas asociadas a la fortaleza mental:

que el fuerte nunca se cae.

Quizás sea exactamente al revés.

No podemos hablar seriamente de resiliencia sin aceptar primero la posibilidad de la caída.

Messi se frustró.

Renunció.

Cambió de decisión.

Regresó.

Y volvió a exponerse a aquello que le había producido algunas de las mayores decepciones de su carrera.

Fortaleza mental no significa necesariamente decir:

“Esto no me afecta”.

También puede significar:

“Esto me afectó profundamente y, aun así, he decidido volver”.

Modrić: la fortaleza que casi no hace ruido

Y finalmente aparece Luka Modrić.

Su estilo resulta especialmente interesante porque desafía otra imagen habitual.

No toda fortaleza necesita ser estridente.

No todo líder necesita gritar.

No toda confianza necesita mostrarse.

Modrić fue capitán de la Croacia finalista del Mundial de 2018, volvió a ser una figura central en el tercer lugar conseguido en 2022 y ha sostenido durante años un liderazgo discreto pero profundamente influyente.

Su historia personal incluye experiencias muy difíciles durante su infancia en la guerra de Croacia.

Pero tampoco reduciría su fortaleza a aquello.

Porque podríamos caer en otra simplificación:

suponer que el sufrimiento necesariamente nos hace más fuertes.

No siempre es así.

La adversidad puede contribuir al crecimiento.

También puede dañar.

No existe ninguna enseñanza automática escondida dentro del sufrimiento.

Lo especialmente interesante en Modrić es su capacidad de adaptación durante décadas.

Cambiar de países.

De clubes.

De entrenadores.

De compañeros.

De funciones.

De edad.

Y seguir encontrando una manera de ser útil.

A veces pensamos que perseverar significa permanecer iguales.

Modrić muestra algo diferente:

también podemos perseverar cambiando.

No existe una sola manera de ser fuerte

Obdulio Varela no fue fuerte de la misma manera que Pelé.

Pelé no respondió como Beckenbauer.

Beckenbauer no como Baggio.

Baggio no como Vidal.

Vidal no como Cristiano.

Cristiano no como Messi.

Messi no como Modrić.

Y Maradona quizá nos recuerde mejor que nadie que incluso una persona capaz de responder extraordinariamente frente a ciertas formas de presión puede seguir siendo profundamente vulnerable ante otras.

Esa diversidad importa.

Porque cuando convertimos la fortaleza mental en una personalidad ideal —duro, agresivo, impasible, seguro, dominante— dejamos fuera muchas expresiones legítimas de fortaleza.

Puede significar regular el estado emocional de un grupo, como Varela.

Rendir cuando otros creen que todavía no estamos preparados, como Pelé.

Tolerar una situación extraordinariamente dolorosa, como Beckenbauer.

Seguir pidiendo la pelota, como Maradona.

Volver a asumir responsabilidad después de fallar, como Baggio.

Canalizar la intensidad, como Vidal.

Mantener estándares durante décadas y aprender a transformarse, como Cristiano.

Reconstruirse después de querer abandonar, como Messi.

O adaptarse silenciosamente, como Modrić.

La fortaleza mental no es una pose.

Tampoco es una medalla que alguien recibe y conserva para siempre.

Es un recurso psicológico que necesitamos movilizar frente a determinadas demandas para seguir orientándonos hacia aquello que queremos conseguir.

Y precisamente porque las demandas cambian,

la fortaleza también necesita flexibilidad.

Heracles frente a la Hidra

Por eso volvería finalmente a Heracles.

El héroe más fuerte de Grecia descubrió frente a la Hidra que su mayor cualidad podía convertirse también en una limitación.

Cada vez que utilizaba la misma respuesta, el problema crecía.

Tuvo que observar.

Cambiar.

Aceptar ayuda.

Y probar otra cosa.

Quizás allí exista una metáfora más interesante de la fortaleza mental que la imagen del deportista que simplemente soporta todo.

Ser fuerte no consiste en resistir siempre.

Consiste en disponer de los recursos necesarios para seguir avanzando cuando aquello que estábamos haciendo deja de funcionar.

A veces necesitaremos perseverancia.

Otras, autocontrol.

Otras, confianza.

Otras, paciencia.

Otras, pedir ayuda.

Y, en ocasiones, tendremos que hacer algo especialmente difícil:

cambiar.

Porque la verdadera fortaleza no consiste en no doblarse jamás.

Consiste en saber cuándo mantenerse firme y cuándo ser suficientemente flexible para no quebrarse.

Referencia

Guzmán-Muzante, J. P., Riquelme-Ortíz, G., Urrea-Cuéllar, Á., Romero-Carrasco, A. E., & Fonseca, A. M. (2024). Mental toughness: State or trait? Context and sporting performance in rugby union, a longitudinal study. Retos, 61, 988–995. https://doi.org/10.47197/retos.v61.108958